domingo, 5 de enero de 2014

La vizcacha Justina

La vizcacha Justina, para llamarla de algún modo, no es una vizcacha cualquiera. Es la más joven de las que abundan en el pedregal de Sogo Rangra. Es la más vivaracha y juguetona, le silba a la luna, al viento, al sol y a la lluvia. Peina sus bigotes, mientras goza los primeros rayos del sol, sentada sobre la planicie de una piedra.
- ¡Fiu, fiu!- Silba al cazador que la apunta con la escopeta.
-¡Baaang!- suena el disparo. De peña en peña, el eco fuga por el callejón. 

Cuando el cazador llega al punto donde estaba Justina, la encuentra tendida sobre la piedra.
Contento, la toma por la cola y la mete en su alforja, mientras se pregunta - ¿Dónde ... le habrá caído la bala?- Porque no la ve sangrar.
Apenas en la alforja, Justina escapa y en dos brincos se esconde en uno de los numerosos agujeros entre la piedras. El cazador, enfurecido por la pérdida de la presa, se hace de una larga vara y a puyazos la busca por el pedregal.
- ¡Fiu,fiu!- Silba Justina en lo alto de la peña.
- ¡Esta vez no te saldrás con la tuya...! - Refunfuña el cazador mientras empuña la escopeta y suelta otro disparo.
- ¡Baaaang...!- rebota el eco,  una vez más, entre  las peñas. Justina cae y resbala por las rocas hasta los pies del cazador. Sonriente y satisfecho de verla herida y sangrante, se prepara a tomarla de la cola una vez más. Justina, aún herida no pierde  su espíritu juguetón, mira a su victimario con sus castaños ojos apenas entre abiertos, esperando el momento oportuno, escapa nuevamente y vuelve a esconderse.
El cazador renuncia a buscarla, cuando el sol herido por el crepúsculo, se marcha tiñendo de color sangre los cerros.
Por la noche, mientras duerme,  el cazador sueña: Justina armada de una carabina,  la apunta y dispara repetidamente y lo persigue por todo el pedregal de Sogo Rangra. A diferencia de la vizcacha, él no puede esconderse  en los agujeros, las balas lo hieren una y otra vez, su sangre gotea sobre las piedras, su sangre brota de las peñas, inunda su aldea, inunda  los cerros y tiñe al sol. Se despierta sudado, tembloroso y arrepentido en el preciso momento en  que el sol se filtra por el techo de la choza. Ansioso de saber de la suerte de Justina, va a buscarla al Pedregal.
- ¡Fiu,fiu!- Silban las vizcachas y corren a esconderse detrás de la piedras.
Esta vez el cazador no lleva la escopeta, en su lugar lleva un cocimiento de hierbas medicinales para lavar las heridas de la pobre vizcacha. ¡Ojala, la encuentre!

Deambula buscándola  por los  agujeros, grietas  y piedras. La encuentra malherida, exhausta y   sin fuerzas para escapar. Se deja lavar y curar por las arrepentidas manos del cazador. Mientras la cura,  dos capulíes  se iluminan de esperanzas.
Después de varios días y de  muchos cuidados, las heridas van  cicatrizando, dando nacimiento  a profundos sentimientos de gratitud, esperanza y amistad.
- ¡Fiu,fiu!- Silbará Justina una vez más al viento,  a la alborada, al crepúsculo, al paso del cazador cuando la vea pasar por el camino detrás de sus ovejas rumbo a los pajonales de la puna.
- ¡Fiu,fiu!- Silbará a la luna cuando la visite en su escondrijo.

jueves, 2 de enero de 2014

Zúngaro



Allá en la desembocadura del río Tocache, donde se vierten y mezclan sus aguas frías y claras con las turbias y marrones del río Huallaga, se forma un gran remolino que ha excavado el lecho de la desembocadura volviéndola muy profunda.  En el remolino abundan sábalos, boquichicos, piñacunches, toas, palometas, lisas, anchovetas y anguilas. Allí en medio a ese cardumen habita a sus anchas el Zúngaro, un bagre gigante de cabeza achatada, de ojos dorsales y pequeños, cuatro hilachas largas y redondas de piel le cuelgan del contorno de la boca a modo de bigotes chinos, desde sus aletas branquiales dos gruesas espinas en forma de cuernos son una amenaza latente y muy dolorosa para la víctima, el cuerpo achatado y robusto habla de su gran fuerza y resistencia. Es un piscívoro inigualable, hacen falta muchos kilos de peces para saciar su voraz apetito. Cuando el Zúngaro pesca, las otras especies prefieren marcar distancia.

En el tambo Shapiama está cenando plátanos sancochados con sal. También él es un piscívoro, digno rival del Zúngaro atigrado que domina en la desembocadura del Tocache. Las raciones de pescado salado ya  se han agotado. Los trabajos urgentes del campo no le han permitido ir al río a pescar con el anzuelo. Recuerda la última vez, que estuvo en la desembocadura del Tocache, se cruzó con la silueta de un Zúngaro que nadaba velozmente  bajo la canoa. Está proyectando seriamente en andar a pescarlo. Si llegara a pescarlo, se aprovisionaría con su carne por varios meses.

Es tradición en la selva, para tener suceso en la pesca y la caza, el ingerir un brebaje preparado en base a hojas, lianas, cortezas, raíces y resinas de plantas nativas bajo el estricto cuidado de un curandero especializado. Shapiama ha visitado al curandero y bajo su estricta vigilancia ha bebido el brebaje y lo ha dietado tal como indican los ritos: alimentarse con plátano verde asado, nada de sal, nada de azúcar, nada de sexo, ni sol, ni viento por cuarenta días. Según la misma tradición la ingesta del brebaje servirá a neutralizar el olor natural del cuerpo del hombre, de tal modo que los peces, aves y animales no lleguen a percibirlo e identificarlo, siendo así fácil presa del pescador o cazador. Shapiama, después de haber cumplido la dieta, está apto para ir a pescar al Zúngaro.

La luna llena alumbra el bosque y el río Huallaga es una senda plateada que se interna en la penumbra boscosa,  abriéndose suavemente al avance de la canoa que se desplaza silenciosa, al ritmo de los delicados movimientos de remo dadas por las hábiles manos de Shapiama.  Shapiama lleva en la canoa un gran anzuelo, una carnada especial preparada con un pollo tierno bien condimentado y frito y doscientos metros de cordel de pescar número ocho muy resistente; el inseparable machete y una retrocarga.

Al llegar a la desembocadura ata la proa de la canoa con nudo corredizo al tronco de un árbol; ata también uno de los extremos del cordel de pescar al hueco en la popa de la canoa, y el otro al cabo del grueso anzuelo con nudos muy especiales, aprendidos de su padre. Ensarta  con manos hábiles el anzuelo en el delicioso cuerpo del cebo.

 – “Con este bocadillo, no te harás de rogar pejesapo..." - piensa y se relame mientras concluye  la faena.

Con sincronizados movimientos rotatorios  lanza el anzuelo, ya con el cebo, a las aguas del remolino. Camuflado debajo la sombra del árbol, sentado en la popa, mientras mastica un puñado de coca, observa las siluetas brillantes de los numerosos peces que saltan fuera del agua para alimentarse con los también abundantes insectos que sobrevuelan la superficie del agua. Bastaría con echar la tarrafa para pescar en abundancia, pero no, él no ha venido a una pesca común, él ha venido a pescar al Zúngaro.

El Zúngaro está en las profundidades dándose un gran festín, basta con abrir sus fauces para tragar y muchos  kilos  de peces vayan a  su sistema digestivo. ¿Será ésta sea su última cena?. La carnada ha llamado su atención, flota por sus narices despidiendo su aroma a pollo frito bien condimentado.  El gran pez, nada en grandes círculos como jugando al gato y al ratón, los otros peces le ceden el espacio para no interferir. Shapiama lo ha sentido desplazarse debajo de la canoa y está rogando que el brebaje lo haya purificado y le otorgue fortuna. La coca le ha estado hablando con dulzura. Probablemente el Zúngaro no resista a la tentación y muerda el anzuelo.

Los primeros gorjeos de las aves y el canto lejano de un gallo anuncian el amanecer de un nuevo día. El amanecer disminuirá las probabilidades para que  el Zúngaro muerda el anzuelo. Y Shapiama  lo sabe,  se está arrepintiendo de haber escogido pasar la noche en vela y en vano, soportando la inclemente picadura de los abundantes y hambrientos zancudos que lo han atacado sin tregua.

Interrumpiendo su apresurado arrepentimiento, un violento tirón de la proa dada por el cordel, lo desequilibra y tumba boca abajo haciéndolo deslizar de bruces  hasta el otro extremo de la  canoa.

 En lugar de asustarse – “¡Ha picado..., ha picadoooo....!"- grita de alegría. 

La fuerza del tirón hace que la canoa se desate del nudo corredizo que lo sujetaba al árbol y navega vertiginosa jalada por la fuerza descomunal del Zúngaro; al casi volcarse la canoa deja caer al agua el machete y la retrocarga que  se sumergen en las profundidades del río Huallaga. Los remos son los únicos que flotan, pero se  alejan veloces en la corriente en sentido contrario al de la canoa. El Zúngaro jala río abajo, jala río arriba, jala a la izquierda, jala a la derecha,  tensa  la cuerda atada a la popa.

Después de dos horas de tirar la canoa río abajo y río arriba y vadearla otras tantas, el pez va cediendo poco a poco. El gran pez parece agotado. Llega el turno de Shapiama que lentamente, con paciencia va recuperando la cuerda un poco a la vez. Breves forcejeos entre el hombre y el pez: la cuerda se tensa, la cuerda se afloja. Y finalmente la cuerda se desplaza ligera, sin ofrecer resistencia. 

El pescador está dudando – “ ...no será que el majadero, se haya soltado..." – sospecha iracundo, en vano se martiriza y amarga. En efecto, tiene en sus manos el anzuelo desnudo y un rasgo de carne sanguinolenta 

– “Ah, de razón no había continuado a forcejear, ese hijo de ..." - Se lamenta de su mala suerte y duda del efecto benéfico del brebaje y de la pérdida de tiempo y sobre todo de haber dejado sola por toda la noche a su joven y exuberante mujer.

Resignado a su mala suerte busca los remos y al no encontrarlos, rema con las manos para llevar la canoa a la orilla, para proveerse de una vara y usarla como tangana para llevar la canoa de regreso al tambo. ¿Qué cosa le diría  a su mujer? Tal vez ella no le crea que ha pasado toda la noche en el río. Podría pensar que se la paso en los brazos de la amante. O peor aún que se fue a la gran fiesta del pueblo.

Para su sorpresa, sus manos tocan una gran cabeza aplanada, fría y resbaladiza . Al mirarla, se da con la sorpresa, que es la del Zúngaro. Está al costado de la canoa, mirándolo mansamente con sus pequeños ojos, sin fuerzas, como perro azotado implorando su perdón, moviendo sus aletas branquiales y su gran cola, resignado a su suerte y rendido a la astucia del pescador, del brebaje y de la complicidad de las hojas de coca que han maquinado en su contra.

Shapiama muy contento, busca la retrocarga o el machete para ultimarlo. Al no encontrarlos, no sabiendo como atrapar al pez,  se lanzó al agua y abrazó con mucha dificultad aquel baboso cuerpo resbaladizo. Quién los habría visto en aquella actitud, habría pensado en dos grandes amigos después de una gran juerga nocturna, extra pasados de alcohol.

Se encariñó tanto después de aquel forzado abrazo y de ver la sumisión de la gran presa y de verlo malherido, sangrante, y sin fuerzas para continuar viviendo. Si lo dejara libre tal vez muera inútilmente, mejor sería subirlo a la canoa. No resistiendo a su instinto piscívoro lo sube  a su canoa y se lo lleva al tambo. Su mujer muy contenta preparará con la cabeza un delicioso chilcano. 

Desde el plato vuelven a mirarle esos pequeños ojos, antes lo habían mirado con ternura rogando su perdón, y ahora esos ojos yacen opacados, sin vida y sin significado.
A Shapiama lo conmueven esos ojos, se  niega a probar el chilcano y tal vez ya no vuelva a pescar jamás.

Autor: Jíbaro

lunes, 17 de junio de 2013

El Funeral



Esto, le  sucedió a una amiga, dejemos que nos lo cuente.

 “Estuve enferma por mucho tiempo. Un buen día me desperté y grande fue mi asombro al ver que yacía en el fondo de mi ataúd. Miré a través de la ventana de vidrio del ataúd y vi a mis  familiares y personas extrañas reunidos. Todos en estricto luto, vestían prendas oscuras. Yo, les hacía señas con los ojos, para decirles que estaba viva. Pero ninguno de los que se acercaban a despedirme se detenían a mirarme a los ojos, todos inclinaban el rostro, murmuraban frases incomprensibles y se retiraban”.

 Una señora dirigiéndose a los demás dijo: “Alguien más va a morir, ha muerto con los ojos abiertos”.

 “A momentos me daban ganas de soltar unas carcajadas por las muecas que hacían. La ceremonia fúnebre continuo a desarrollarse sin que yo lograra obtener la atención de ninguno. Me llevaron. Mi ataúd en  hombros de mis amigos  recorrió la calle que va a la iglesia, a la municipalidad, a la casa donde había vivido y después de pasar por varias calles, al cementerio”.
“En el cementerio varias cuadras de nichos ocupaban el entero espacio circulado por muros. El portón de bronce se abrió pesadamente para dar paso al ataúd. El aroma de flores frescas y marchitas  se mezclaban a los otros olores de cementerio”. 

“Me dije a mi misma, ‘no me dejaré enterrar viva’ y en un esfuerzo sobrehumano emití un gemido de ultratumba ‘No me entierren por favor, estoy viva todavía’. Algunos se voltearon a mirarme en una actitud sospechosa y escéptica y se dieron por no enterados de mi situación”.
“Los panteoneros subieron el ataúd y lo colocaron en el nicho que me habían asignado en el mausoleo de la familia donde estaban enterrados mis abuelos y tíos. Al final de la ceremonia fúnebre, fueron retirándose uno a uno. Sólo se quedaron un par de voces que litigaban para  tamponar la entrada del nicho. Desesperada, viendo que no me quedaban esperanzas de decirles que no me enterraran. En un último esfuerzo, empecé a dar puñetes y patadas al ataúd. Seguramente hice tanto lío, que escuche a mis enterradores huir dando gritos despavoridos. Aún no logro explicarme de donde saque fuerzas para abrir el ataúd a medias. Había un reducido espacio entre el ataúd y la bóveda del nicho. Apoyando las manos en la bóveda y los pies en el ataúd fui empujando como quien empuja una canoa en el río. Menos mal que no habían tenido tiempo de sellar la entrada del nicho. Por lo que el ataúd se desplazó cayendo al piso provocando  una estampida que invadió el cementerio. A duras penas me colgué de la pared y me deje caer lentamente, para mi suerte no era muy alta, apenas superaba mi estatura unos decímetros”.

“En el cementerio era todo silencio. No tenía miedo, más bien alegría por haberme salvado de ser enterrada. Reflexione un momento de qué camino tomar para regresar a casa. Pensé en caminar, pero no me recordaba bien que calle tomar. Entonces decidí que tomar un taxi sería mejor. Trepe las rejas de la puerta del cementerio, una vez en la calle busque un lugar concurrido para pedir que me indicaran donde tomar un taxi. Apenas me veían, todos sin excepción, se cubrían la boca y aceleraban el paso sin darme tiempo de dirigirles  la palabra. Entonces me miré para ver qué aspecto tenía. Tenía puesto la mortaja franciscana, al verme así, di un grito de susto. ‘De razón, ninguno quiere encontrarme’. Me escondí detrás de un muro y empecé a desnudarme. Les diría ‘unos ladrones me han asaltado, y como no me dejaba, por venganza me han dejado desnuda’. Así evitaría a que me tengan miedo y huyeran al verme”.

“Con esta estrategia logre tomar un taxi, con la promesa de pagarle cuando lleguemos a la dirección. Les diré que jamás me había sentido tan feliz de estar desnuda. El taxista mirándome de reojo, con miradas compasivas,  se sacó la camisa y me dijo ‘cúbrase un poco amiga, antes de que me ponga a llorar, por vergüenza ajena’. El taxista quiso saber de mi historia. Cuando le conté, casi me abandona a mitad del camino. Tuve que rogarle y jurarle que no le haría daño para lograr convencerlo que me haga llegar a mi destino”.

“Una vez en casa rogué al taxista para que avisara a mi esposo,  de mi regreso. Como me lo imaginaba, ni mi esposo, ni los parientes que asistían a la ceremonia post fúnebre le dieron credibilidad hasta que me vieron asomar semidesnuda, con la camisa del taxista cubriéndome las nalgas y la zona pudenda y con una mano en  los senos. Todos corrían hacia el fondo de la sala, gritando ‘traigan el agua bendita, pobrecita, es su alma que está penando’
“Al contarles mi historia, los presentes se convencieron de que estaba viva. Mi esposo me trajo ropa limpia y me vestí en el baño de la sala. Los amigos brindaron a mi regreso. Llamaron una orquesta y bailamos hasta que rayó el alba”.

Colorín colorado este cuento se ha acabado.

Autor Jibaro

sábado, 8 de junio de 2013

La Llojllada y el Maligno

Los  aullidos de los monos que provenían de las copas de los árboles, el croar de las ranas y la sinfonía del chirrear de chicharras y saltamontes, llegaban a los oídos de Luisa como una amenaza latente. La música de la jungla surtía efectos contraproducentes de euforia y melancolía al mismo tiempo. La brisa, proveniente del río, refresco sus mejillas provocando añoranzas de  los vientos andinos y de la puna que eran muy frescos. Por el río Huallaga, las turbulentas aguas  arrastraban palizadas. Una nube de insectos volaban sobre la superficie del agua. La balsa, remada por su marido y sus  dos hijos,  luchó contra la corriente y las palizadas por apoderarse de un espacio libre y navegable.  
La balsa al girar la curva se perdió de vista, sin embargo, ella siguió mirando la silueta que quedaba en la memoria. Ya borbotaban las aguas marrones, ya volaban los loros de regreso a sus nidos, ya cabalgaba el sol en las colinas, ya se veía la silueta de la luna, pero ella seguía con la mirada perdida en aquella curva.
 El olor a barro de las aguas hizo que oteara la orilla, desde donde la tierra en continua erosión se precipitaba al río, junto a ella añejos árboles se inclinaban en reverencia forzada, desenterrando sus largas raíces que  intentaban vanamente aferrarse al suelo. Ese aroma a río revuelto la afligía. En la orilla un batallón de agallas en formación desesperada se apoyaban en un esfuerzo por mantenerse fuera del fango que asfixiaba. Luisa cogió la jikra y en un solo movimiento la lleno de toas, piñacunches y palometas. Nunca había visto a los peces venir a la  orilla a dejarse atrapar fácilmente.
 Se detuvo un momento, se pellizco y cerró los ojos y las abrió nuevamente creyendo que estaba soñando. Allí estaban los peces. Allí estaba también boca bajo, con el cuerpo despellejado, el cadáver de un desconocido que flotaba en círculos en el remolino, completamente desnudo, con la mano medio alzada y los dedos abiertos en un vano  intento de transmitir un enigma. ¡Qué susto! ¡Qué horror!  Un largo escalofrío, un hielo macabro la recorrió las venas . La alegría de la pesca se transformó en un grito desesperado. ¡Auxilio! ¡Alguien me ayude!. Pensó en su esposo, en sus hijos, pero ellos  habían desaparecido tragados por la curva  en dirección al pueblo y todavía regresarían mañana. El  cadáver seguía remando en el remanso, sin posibilidades de fuga.
Desesperada  abandonó la jikra por la trocha, en su loca carrera por llegar a la casa del vecino más próximo a una media hora de camino por la jungla.  Corría, corría y corría. No quiso voltear, porque creía en lo que decían las gentes, “…el espíritu del maligno viene a perseguir al alma de los que se ahogan …” 
Cuando creyó que se había alejado lo suficiente se detuvo, pero tan solo pudo comprobar que había estado corriendo en círculos, allí a unos pasos estaba el tambo y un poco más allá el puerto y seguramente el ahogado. Lo suponía, porque la luz de la luna no le permitía ver más allá. Al contrario las sombras de los árboles se transformaban en caprichosas siluetas de presuntos malignos.
“¡Auxilio…, Auxilio…, Auxilio!” Grito desesperadamente, rego con su llanto la blusa, la falda y sus manos y cuando se sentía a punto de desmayarse. Una robusta mano la acaricio por la espalda. “No te asustes, ¿Qué te pasa?” le dijo, “soy tu marido, he olvidado el dinero para las compras, he dejado a los chicos que vayan al pueblo y yo he regresado…”
La mujer aun desconfiada, se refugió en los brazos del marido, se consoló con más lágrimas y después de  desfogarse, le contó  lo sucedido.
Aquella noche prefirieron no andar al río. Al amanecer encontraron la jikra con los peces. Las aguas habían disminuido  y el ahogado ya no estaba.
 
Autor: Jíbaro

jueves, 31 de enero de 2013

Por un par de Limones


Sucedió en una escuela, de las tantas que existen, casi abandonada a su suerte en la frondosidad de la selva.
Los alumnos de la escuela deben defender la escuela y su patio de juegos de la invasión de las malezas y alimañas. Cierta tarde, mientras los alumnos cortaban la hierba del patio con sus afilados machetes. Una pequeña tarea para estos chicos que aprenden a trabajar con destreza desde que tienen uso de razón. El intenso calor tropical sofocaba los cuerpos sudorosos de los pequeños alumnos.
La profesora Elmira, al verlos trabajar sudorosos y entusiastas, se dispuso a prepararles una deliciosa limonada, pero se dio con la ingrata sorpresa de haber olvidado los limones en casa.

Entonces dirigiéndose a sus pequeños alumnos dijo- “Quería darles una sorpresa con una limonada. Pero he olvidado los limones y hasta ir a traerlos será tarde. ¿Quién de ustedes podría conseguir unos limones? Alguien que viva cerca”.

-"Yo tengo una planta de limones en mi huerto- respondió Juan. Y dirigiéndose a Claudio, le dijo- ¿Me acompañas?"